martes, 10 de enero de 2012

El jazz como elemento hipnótico

The Dave Brubeck Quartet - Take five


Unos golpes semiapagados de batería, como a medio gas, son los primeros sonidos que llegan hasta nosotros en esta canción. Son tan sólo siete segundos pero esa forma de golpear las baquetas ha conseguido despertar nuestra curiosidad. La percusión es importante pero aún no ha llegado su momento. Por ahora sólo ha aparecido para atraernos, que no es poco. En el segundo ocho unos acordes de piano comienzan a pavimentar el camino para que la canción comience a quedarse clavada en nuestra memoria. Son notas repetidas una y otra vez sin más intención que la de reiniciarse siempre del mismo modo. No buscan la fama de la melodía, su intención es la de introducirnos en una dinámica de la que no podremos escapar. En el segundo  21 el tema eclosiona. Surge el instrumento que nos guiará por la vereda que prepararon tan concienzudamente la batería y el piano. El saxofón comienza a desplegar ante nuestros oídos la melodía que hará de esta composición algo único. Su sonido es tan pulcro como sublime, su cadencia perfecta.

La percusión llamó nuestra atención. El piano repetitivo nos hizo abrir la puerta de la curiosidad y el saxofón hizo que nos quedáramos encadenados a esos escasos instrumentos para siempre. La unión de los tres elementos obra un milagro sonoro indescriptible. Durante un minuto y medio el saxofón fluye por toda la canción haciendo que nuestros sentidos caigan rendidos ante tanta bondad sonora. Sus variaciones melódicas logran un elixir auditivo aplastante. Estamos atrapados, sin duda, pero es ahora cuando el tema nos presenta un interesante giro. Hemos llegado al 1'51'' y nuestro guía decide desaparecer. El saxofón deja en soledad al piano y a la batería llevándose consigo toda la melodía. Durante muchos segundos la canción se  queda huérfana y parece que nadie piensa ocupar ese enorme hueco sonoro. El tiempo transcurre y la percusión sigue con golpes sordos, mientras que el piano continúa instalado en su bucle perpetuo. Tras sobrepasar el segundo minuto la batería considera que su momento ha llegado y comienza a ganar presencia. Sus golpes atraen todo el protagonismo. El piano mientras tanto continúa con su labor indispensable. Su cadencia logra que ninguna pieza quede suelta y toda la canción permanezca estabilizada en el camino que ya conocemos. La batería realiza todo tipo de variaciones, redobles y piruetas sonoras. Durante casi dos minutos y medio es el centro de atención incuestionable. Sus golpes han dejado de parecer apagados y la contundencia ha tomado la escena.





Seguimos atrapados y aunque los esfuerzos de la percusión y la firmeza del piano logran que nuestra atención no decaiga nos falta algo. El saxofón adquirió tanta relevancia y protagonismo que su ausencia se antoja demasiado larga. Los focos lo buscan sobre el escenario para iluminarlo y es en ese momento cuando sus notas irrumpen en el aire para volver a brillar. Todo esto sucede a partir del 4'22''. El dorado instrumento de metal vuelve a embriagarnos con sus notas únicas. Es un Punto de No Retorno brillante porque nuestros oídos ansían esa melodía y porque su regreso no varía un ápice la estructura de la composición. En cuanto el saxofón vuelve a tomar el mando los otros dos acompañantes vuelven a acomodarse en su ubicación previa. Sin aspavientos, con una naturalidad y una sencillez deliciosa. El tema vuelve a fluir y nuestros oídos disfrutan con sonidos ya conocidos para degustarlos con más detenimiento. La primera vez que la melodía apareció nos capturó, esta segunda vez se trata de cerrar un círculo perfecto. No es necesario que nuestro protagonista vuelva a deleitarnos con todo su repertorio. Nos basta con saber que ha vuelto y nos acaricia con su suavidad única. En el futuro, y para siempre, sabremos que aunque desaparezca de la escena su retorno será la clave para entender esta brillante composición. Saber esperar para mejorar. La paciencia como arte musical.

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